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Opinión

Opinión: Una oportunidad llamada Metro

POR: LUIS FELIPE CALERO

¿Cómo debería sonar una ciudad como Bogotá? En los últimos días hemos visto circular videos sobre la posibilidad de ponerle voz al Metro. Entre cómicos ensayos y distintas maneras de decir ‘próxima estación’, aparece una invitación a construir la identidad de un sistema que pronto tendremos que aprender a compartir.

La escogencia no es menor. Llevamos décadas imaginando el Metro. Verlo tomar forma permite sentir que somos capaces de sacar adelante aquello que parecía condenado a la discusión eterna. Hay allí un motivo de orgullo y una oportunidad para revisar cómo nos contamos la ciudad.

 

Según la Encuesta Bienal de Cultura, el orgullo de vivir en Bogotá pasó del 52,6% en 2023 al 68,8% en 2025: 16,2 puntos porcentuales más. Por su parte, un estudio de la Empresa Metro en 2026 encontró que, entre los encuestados, el orgullo asociado al proyecto aumentó del 76% al 88%. Esto representa una oportunidad para convertir ese entusiasmo en disposición a construir juntos.

Porque sentirse orgulloso de un lugar también puede abrir la posibilidad de hablar de un nosotros. En una ciudad diversa, hecha de tantos orígenes y maneras de vivir, ese reconocimiento no ocurre automáticamente. Necesita experiencias compartidas que nos permitan encontrar algo común sin exigirnos ser iguales. De ahí los esfuerzos del Distrito por promover el concepto de bogotaneidad.

Los estudios encuentran mayor cooperación entre personas que se identifican como integrantes de un mismo grupo. El desafío es que ese grupo pueda ser una ciudad como Bogotá, con todas sus diferencias. Que ese nosotros incluya al desconocido con quien compartimos estación, vagón y destino.

Cooperar exige construir acuerdos y encontrar razones para cumplirlos. El Metro ofrece una oportunidad para hacerlo: pagar el pasaje, cuidar la infraestructura y respetar las filas. Esos comportamientos cotidianos, sostenidos en acuerdos implícitos, pueden convertirse en normas sociales cuando se repiten y se afianzan como lo que esperamos unos de otros.

Son parte de lo que llamamos cultura ciudadana. Por eso, la construcción de esos acuerdos debe empezar antes del primer viaje, con pedagogía y reglas claras.

El asesinato de un guarda de seguridad en TransMilenio, el 18 de septiembre, tras intentar impedir que unos usuarios ingresaran sin pagar el pasaje, muestra hasta dónde puede llegar la ruptura de esos acuerdos.

Hace más de veinticinco años, TransMilenio también abrió una posibilidad de transformación compartida. Su historia recuerda que el entusiasmo necesita cuidado. Las demoras en las obras necesarias para ampliar el sistema, su implementación como bandera de disputa política y escándalos como el carrusel de la contratación fueron desgastando esa promesa. El carrusel dejó una profunda herida institucional. Entre 2008 y 2011, según Bogotá Cómo Vamos, el orgullo por la ciudad cayó del 73% al 56% y el optimismo del 66% al 32%.

Concluir y operar bien el Metro puede ayudar a reconstruir esa confianza. Para ello, las instituciones deben cumplir su parte: prestar un servicio confiable, mantenerlo y proteger a sus usuarios. Los ciudadanos debemos asumir la nuestra.

La oportunidad consiste en convertir el orgullo en acuerdos duraderos. La voz del Metro anunciará estaciones; nosotros decidiremos, con nuestros comportamientos, qué significa compartir esta ciudad. Ese nosotros se construye cada vez que alguien cumple un acuerdo y encuentra que los demás, incluidas sus instituciones, también lo cumplen.

¿Cómo debería sonar una ciudad como Bogotá? En los últimos días hemos visto circular videos sobre la posibilidad de ponerle voz al Metro. Entre cómicos ensayos y distintas maneras de decir ‘próxima estación’, aparece una invitación a construir la identidad de un sistema que pronto tendremos que aprender a compartir.

La escogencia no es menor. Llevamos décadas imaginando el Metro. Verlo tomar forma permite sentir que somos capaces de sacar adelante aquello que parecía condenado a la discusión eterna. Hay allí un motivo de orgullo y una oportunidad para revisar cómo nos contamos la ciudad.

 

Según la Encuesta Bienal de Cultura, el orgullo de vivir en Bogotá pasó del 52,6% en 2023 al 68,8% en 2025: 16,2 puntos porcentuales más. Por su parte, un estudio de la Empresa Metro en 2026 encontró que, entre los encuestados, el orgullo asociado al proyecto aumentó del 76% al 88%. Esto representa una oportunidad para convertir ese entusiasmo en disposición a construir juntos.

Porque sentirse orgulloso de un lugar también puede abrir la posibilidad de hablar de un nosotros. En una ciudad diversa, hecha de tantos orígenes y maneras de vivir, ese reconocimiento no ocurre automáticamente. Necesita experiencias compartidas que nos permitan encontrar algo común sin exigirnos ser iguales. De ahí los esfuerzos del Distrito por promover el concepto de bogotaneidad.

Los estudios encuentran mayor cooperación entre personas que se identifican como integrantes de un mismo grupo. El desafío es que ese grupo pueda ser una ciudad como Bogotá, con todas sus diferencias. Que ese nosotros incluya al desconocido con quien compartimos estación, vagón y destino.

Cooperar exige construir acuerdos y encontrar razones para cumplirlos. El Metro ofrece una oportunidad para hacerlo: pagar el pasaje, cuidar la infraestructura y respetar las filas. Esos comportamientos cotidianos, sostenidos en acuerdos implícitos, pueden convertirse en normas sociales cuando se repiten y se afianzan como lo que esperamos unos de otros.

Son parte de lo que llamamos cultura ciudadana. Por eso, la construcción de esos acuerdos debe empezar antes del primer viaje, con pedagogía y reglas claras.

El asesinato de un guarda de seguridad en TransMilenio, el 18 de septiembre, tras intentar impedir que unos usuarios ingresaran sin pagar el pasaje, muestra hasta dónde puede llegar la ruptura de esos acuerdos.

Hace más de veinticinco años, TransMilenio también abrió una posibilidad de transformación compartida. Su historia recuerda que el entusiasmo necesita cuidado. Las demoras en las obras necesarias para ampliar el sistema, su implementación como bandera de disputa política y escándalos como el carrusel de la contratación fueron desgastando esa promesa. El carrusel dejó una profunda herida institucional. Entre 2008 y 2011, según Bogotá Cómo Vamos, el orgullo por la ciudad cayó del 73% al 56% y el optimismo del 66% al 32%.

Concluir y operar bien el Metro puede ayudar a reconstruir esa confianza. Para ello, las instituciones deben cumplir su parte: prestar un servicio confiable, mantenerlo y proteger a sus usuarios. Los ciudadanos debemos asumir la nuestra.

La oportunidad consiste en convertir el orgullo en acuerdos duraderos. La voz del Metro anunciará estaciones; nosotros decidiremos, con nuestros comportamientos, qué significa compartir esta ciudad. Ese nosotros se construye cada vez que alguien cumple un acuerdo y encuentra que los demás, incluidas sus instituciones, también lo cumplen.

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